


¿Y ahora qué hacemos?
Hace tiempo que vengo prestando atención a algo que sucede todos los días en mi clase.
Hay muchas situaciones cotidianas en las que lo primero que hacen es venir a decirme:
“María, no tengo túnica para pintar.”
Hoy ya ni siquiera me lo dicen.
Si alguien no está pintando en ese momento, le piden la túnica prestada a un compañero.
Y así, de a poco, empiezan a aparecer soluciones que antes necesitaban de un adulto.
También pasó con algo tan sencillo como encontrar un lugar para sentarse.
Durante mucho tiempo tuvimos un problema en el momento de hacer la ronda: todos querían sentarse al lado mío.
Hasta que un día, a uno de los niños se le ocurrió una idea.
Sacó dos de nuestros palitos con nombres —los que usamos para elegir quién participa, quién pasa al frente o asegurarnos de que todos tengan su turno— y propuso que esos dos amigos fueran los que se sentaran a mi lado.
Durante las tres instancias de ronda de ese día, esos dos lugares fueron para ellos.
Y además agregaron una regla: en la misma semana, un nombre no podía repetirse.
Yo acepté.
La solución había sido de ellos.
Hace unos días, además, estábamos jugando un juego por equipos. Éramos siete varones y siete niñas, y cada uno tenía su turno.
En un momento, una de las niñas tuvo que irse antes.
Uno de los niños miró alrededor y dijo:
—¿Y ahora? Nos falta una niña. No podemos seguir jugando.
—¿Qué podemos hacer? —pregunté.
Y enseguida alguien respondió:
—Una niña va a tener que repetir dos veces.
Problema resuelto.
Yo podría haber decidido cómo continuar el juego.
Pero ellos también podían hacerlo.
Y cuando confiamos en que pueden, empiezan a descubrir que efectivamente pueden.
Hace unos días también pasó algo con una niña.
Se le volcó el termo de agua y se mojó todo.
En lugar de venir directamente a buscarme, fue al baño y buscó muchas toallitas de papel para secar el agua.
Cuando vino a contarme lo que había hecho, mi primera reacción fue pensar que yo habría buscado otra solución.
Pero enseguida pensé en algo que para mí era mucho más importante: ella había visto un problema y había intentado resolverlo antes de venir a pedirme ayuda.
Y eso también es algo que quiero enseñarles.
Porque acompañar no significa hacer todo por ellos.
A veces significa hacer una pregunta y esperar.
A veces significa estar cerca.
A veces significa ayudar a pensar.
Y a veces significa simplemente confiar.
También pasa con los conflictos.
Cuando dos niños tienen un problema, intento no apurarme a decidir quién tuvo razón o quién estuvo mal.
Primero paramos y respiramos.
Porque cuando estamos muy enojados, nuestro cuerpo también está acelerado y es difícil pensar con claridad.
Y después volvemos a la pregunta:
—¿Y ahora qué hacemos?
Hoy, durante el momento de ordenar antes de irnos a casa, dos niños tuvieron un problema.
Y, sin que yo dijera nada más, se colocaron uno frente al otro, con las manos sobre los hombros del otro, como tantas veces hemos practicado.
Los dejé hablar.
Unos minutos después me miraron y me dijeron:
—Ya lo hablamos, nos pedimos perdón y ahora nos abrazamos como amigos.
Solitos.
Y me emocioné.
Porque en ese momento pude ver algo que para mí es muy importante: una manera de resolver un conflicto que ya sienten como propia.
Pudieron parar, mirarse, hablar, escucharse y volver a encontrarse.
Y después se sintieron bien.
Creo que muchas veces la autonomía empieza así.
En pequeñas decisiones.
En aprender a buscar antes de preguntar.
En pedir ayuda a un compañero.
En pensar qué hacer cuando algo cambia.
En animarse a proponer una solución.
En aprender a parar antes de reaccionar.
Y, poco a poco, esas pequeñas oportunidades van construyendo algo más grande.
La seguridad de saber que puedo.
La posibilidad de pedir ayuda cuando la necesito.
La capacidad de pensar, decidir y hacerme cargo.
Y también, aprender a confiar en los demás.
Porque una clase no es solamente un grupo de niños acompañados por un adulto.
Es un grupo que, poco a poco, puede aprender a cuidarse, a ayudarse y a resolver juntos lo que va apareciendo.
Y quizás eso sea una de las cosas más lindas de enseñar:
estar ahí, acompañar, preguntar, esperar...
y un día descubrir que ya no necesitan que les digas qué hacer.
Porque ellos mismos se preguntan:
¿Y ahora qué hacemos?
Una reflexión sobre ayudar sin resolver por ellos.