


Primero cambió mi forma de mirar
Hace muchos años que enseño.
Muchas personas creen que, con el tiempo, una docente cambia porque hace cursos, aprende nuevas metodologías o simplemente suma experiencia.
En mi caso, el mayor cambio fue otro.
Primero cambió mi forma de mirar.
La maternidad transformó la manera en que veía a mis alumnos. De pronto entendí muchas cosas que antes solo podía imaginar. Descubrí la paciencia desde otro lugar, la preocupación, la importancia de acompañar sin resolver todo.
Y, casi al mismo tiempo, el yoga empezó a ocupar un lugar cada vez más importante en mi vida. Al igual que la maternidad, me atravesó por completo. No cambió solamente algunos momentos de mi día; cambió mi forma de estar en el mundo.
Cuando cambió mi forma de mirar, cambiaron también mis prioridades como docente.
Dejé de preocuparme tanto por terminar un tema exactamente cuando decía la planificación. Empecé a darle mucho más valor a que mis alumnos se sintieran bien consigo mismos, encontraran su lugar dentro del grupo y se sintieran seguros para aprender, preguntar, equivocarse y volver a intentar.
Entendí que cada alumno es único. Y que cada situación también lo es.
Durante mucho tiempo busqué estrategias que funcionaran siempre. Con el tiempo aprendí que una propuesta puede ayudar a un grupo y no servir para el siguiente. Que algo que funciona con un alumno puede no funcionar con otro.
No existen recetas.
También descubrí que no siempre hace falta hacer más.
Muchas veces alcanza con mirar de verdad.
La mirada es poderosa porque lo primero que necesita un niño, un adolescente o un adulto es sentirse reconocido. Que alguien lo nombre, lo mire y le haga sentir que tiene un lugar.
Cuando miramos de verdad, no solo vemos a la persona que tenemos delante. También le estamos diciendo, aunque no usemos palabras: "Te veo. Sé quién sos. Me alegra que estés acá."
Y muchas veces, eso ya empieza a transformar algo, aunque no podamos verlo en ese momento.
Enseñar dejó de ser aplicar fórmulas y pasó a ser observar, escuchar, probar, volver a mirar, cambiar de rumbo cuando hace falta y aceptar que muchas veces no hay una única respuesta.
También aprendí que no siempre tengo que tener todas las respuestas.
A veces, enseñar también es poder decir:
"No sé cómo vamos a resolver esto. Pensemos juntos. Démosle unos minutos... o unos días."
Hace muchos años habría sentido que mi tarea era resolver los problemas.
Hoy intento ofrecer herramientas para que sean ellos quienes encuentren sus propias respuestas.
Después de tantos años, sigo aprendiendo a mirar.