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Qué suerte que estoy acá

Una reflexión sobre volver a estar presentes y recuperar el disfrute de enseñar

¿Cómo hacemos para seguir disfrutando de enseñar después de tantos años?

A veces me hago esta pregunta.

Porque, con el paso del tiempo, pueden pasar muchas cosas. Podemos seguir amando nuestra profesión, seguir preocupándonos por nuestros alumnos, seguir preparando clases, buscando nuevas formas de enseñar y dando lo mejor de nosotros.

Pero también puede suceder que, entre tantas demandas que rodean la tarea docente, algo empiece a cambiar.

Entre planificaciones, reuniones, informes, tiempos que nos corren y tantas cosas que tenemos que resolver, podemos empezar a estar en la clase sin estar completamente presentes.

Estamos pensando en lo que falta terminar, en lo que tenemos que hacer después, en todo aquello que todavía no llegamos a completar.

Y, sin darnos cuenta, dejamos de vivir plenamente el momento que estamos compartiendo con nuestros alumnos.

Con los años fui entendiendo que una parte fundamental del disfrute de enseñar está en volver a estar ahí.

Realmente ahí.

Porque enseñar, para mí, siempre estuvo relacionado con esos momentos pequeños que parecen simples, pero que en realidad son los que le dan sentido a todo.

La mirada de un niño cuando descubre que puede leer y te dice orgulloso: “¡Mirá cómo leo!”.

El adolescente que empieza el año convencido de que el inglés no es para él y, unos meses después, se sorprende al darse cuenta de todo lo que puede hacer.

Esos momentos son los que nos recuerdan por qué elegimos esta profesión.

Pero estar presentes no significa llegar siempre tranquilos, sin preocupaciones o con todo resuelto.

Somos personas.

Llegamos a clase con nuestra historia, con nuestras emociones, con aquello que nos pasó antes de entrar.

La presencia no significa que nada nos afecte.

Significa poder reconocer cómo estamos y volver.

Como cuando el GPS nos dice: “recalculando”.

No significa que nos perdimos.

Significa que hacemos una pausa, miramos dónde estamos y elegimos nuevamente hacia dónde queremos ir.

A veces ese recalcular es respirar unas veces antes de empezar.

A veces es reconocer que necesitamos bajar el ritmo.

A veces es simplemente hacer una pausa para poder conectar nuevamente con el momento que estamos viviendo.

Porque cuando estoy presente en mi clase, algo cambia.

Puedo escuchar mejor.

Puedo mirar mejor.

Puedo conectar con lo que está sucediendo.

Puedo dejarme sorprender.

Porque una clase no es solamente una actividad, un contenido o una planificación.

Una clase es un encuentro entre personas.

Puedo hacer la misma propuesta con dos grupos diferentes y nunca será exactamente igual.

Cambian las preguntas.

Cambian las miradas.

Cambia la energía del grupo.

Cambia la manera en que cada uno se involucra.

Porque, aunque el docente sea el mismo, las personas que tenemos delante son diferentes.

Y ahí está una de las cosas más maravillosas de enseñar: cada clase es una oportunidad nueva.

Muchas veces creemos que somos nosotros quienes acompañamos a nuestros alumnos a encontrar calma, confianza y seguridad.

Pero también sucede al revés.

Muchas veces ellos nos ayudan a nosotros a volver al presente.

A volver a mirar.

A volver a escuchar.

A volver a disfrutar.

Quizás recuperar el disfrute de enseñar no significa cambiar todo lo que hacemos.

Quizás significa volver a conectar con aquello que nos llevó a elegir esta profesión.

Volver a estar disponibles para el encuentro.

Volver a maravillarnos con los pequeños grandes momentos que suceden todos los días dentro de una clase.

Porque cuando entro a clase y realmente estoy presente, algo vuelve a aparecer.

La curiosidad.

La conexión.

La alegría.

Esa sensación de estar exactamente donde quiero estar.

Y muchas veces vuelvo a pensar:

Qué suerte que estoy acá.

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