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Parar para seguir

Una reflexión sobre ese pequeño espacio entre lo que sucede y cómo respondemos.

A veces, lo más importante que puedo hacer en una clase es parar.

No siempre es una pausa larga. A veces es una respiración. A veces es un segundo de silencio. A veces es simplemente no responder inmediatamente.

Es ese instante en el que todo parece detenerse por un momento y puedo preguntarme:

¿Qué está pasando?
¿Qué me está pasando a mí?
¿Qué necesita esta situación?

Porque las situaciones están ahí.

Los niños tienen sus dificultades. Los adolescentes tienen las suyas. Hay conflictos, frustraciones, cansancio, pantallas, emociones que desbordan.

Y no puedo cambiar todo eso.

Tampoco puedo cambiar al otro.

Lo que sí puedo revisar es qué hago yo cuando todo eso aparece delante mío.

Y ahí aparece la pausa.

A veces, frente a un conflicto entre dos niños, primero necesito contener. Si alguien está llorando, si necesita un abrazo, ese es el momento de abrazarlo. Si necesita ayuda para resolver algo, se la doy.

Después, cuando la situación bajó un poco, podemos parar y respirar, mirar qué pasó y pensar juntos qué podemos hacer.

Con los adolescentes, las situaciones pueden ser otras y también requieren respuestas diferentes. A veces necesito acercarme. A veces pedir ayuda a otro adulto. A veces separar a dos personas. A veces escuchar a cada uno por separado.

No siempre hay una misma respuesta.

Y eso también es parte de parar.

Porque la pausa no me da una solución.

Me da el espacio para buscarla.

Incluso hay momentos en los que necesito actuar rápido. Si un niño está haciendo algo peligroso y está lejos, puedo levantar la voz para detenerlo.

No porque esté reaccionando desde el enojo, sino porque necesito que me escuche.

Lo importante no es responder siempre de la misma manera.

Es poder elegir qué necesita la situación.

Y para poder elegir, primero necesito parar.

Creo que muchas veces ese pequeño espacio es suficiente.

Una respiración.

Un segundo.

Un estiramiento.

Un silencio.

Algo que me permita salir, aunque sea por un instante, de la situación y mirarla desde un poco más lejos.

¿Qué está pasando?

¿Qué me está pasando?

¿Desde dónde estoy a punto de responder?

Y recién entonces, seguir.

Porque no se trata de no reaccionar nunca.

Se trata de aprender a reconocer cuándo estoy a punto de responder desde el impulso, el cansancio o el enojo, en lugar de hacerlo desde lo que esta situación realmente necesita.

Y poder elegir otra cosa.

No siempre lo hago bien.

No siempre tengo la respuesta.

Pero puedo crear ese pequeño espacio para buscarla.

Quizás esto también sea parte de lo que significa enseñar.

Aprender a parar para poder seguir.

A veces, son apenas tres respiraciones.

Y quizás sea suficiente para que, cuando vuelva a moverme, no vuelva exactamente al mismo lugar desde el que paré.

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