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El camino puede cambiar

Una reflexión sobre planificar sin necesitar controlar cada paso.

Durante mucho tiempo necesité tener todo bastante controlado.

El tiempo.

Las actividades.

El orden en que iban a pasar las cosas.

Si había planificado tres talleres, quería hacer los tres.

Si había pensado que una actividad llevaría quince minutos, esperaba que durara quince minutos.

Con los años, algo fue cambiando.

Hoy sigo planificando.

Tengo objetivos claros. Sé qué quiero trabajar, especialmente a nivel de lengua, y preparo actividades pensando en cómo llegar a esos objetivos.

Pero ya no necesito controlar tanto el camino.

Hace unos días estábamos viendo un documental sobre animales del desierto.

Y apareció uno que ninguno de nosotros conocía.

Entonces paramos.

Empezamos a buscar información.

A hacer preguntas.

Y nos quedamos enganchados.

Encontramos datos interesantes y descubrimos cosas nuevas. 

Eso no estaba en mi planificación.

Y está bien.

Porque mientras ellos estaban preguntando, buscando, hablando, pensando y aprendiendo, yo sabía que seguíamos rumbo a donde quería llegar.

Y quizás ahí está uno de los cambios más grandes que me ha dado la experiencia.

Antes me preocupaba mucho más por llegar de una determinada manera.

Hoy me importa más saber adónde quiero llegar.

¿Están usando la lengua?

¿Están aprendiendo?

¿Estamos avanzando hacia el objetivo?

Entonces, si para llegar hacemos tres talleres, hacemos tres.

Si hacemos dos porque nos quedamos mucho rato hablando y adivinando animales, también está bien.

Si algo interesante aparece en el camino y vale la pena detenernos, nos detenemos.

No significa improvisar todo.

No significa dejar de planificar.

Significa entender que planificar no es lo mismo que controlar.

Y que a veces el aprendizaje aparece justamente en esos desvíos que no estaban previstos.

Quizás enseñar también sea eso:

tener claro adónde quiero ir, pero no necesitar que el camino sea siempre el mismo.

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