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Después de pedir perdón

Una reflexión sobre enseñar que equivocarse también implica reparar.

Hoy, cuando llegué al colegio, pasó algo que me hizo pensar mucho.

El otro día, uno de los niños de mi grupo, junto con otros niños de otra clase, había tenido una mala actitud con una niña de la clase de al lado.

Ella llegó muy angustiada a su casa, lo contó a su familia y su mamá se comunicó con el colegio.

Cuando hablé con él y le pregunté qué había pasado, me contó lo que había sucedido y enseguida me dijo que quería pedirle perdón.

Y sí. Pedir perdón estaba bien.

Pero le dije que, cuando tenemos una mala actitud con alguien, pedir perdón es importante, pero que también es importante reparar la acción.

Le dije que yo iba a hablar con su mamá y contarle lo que había pasado, pero que él tenía que pensar qué podía hacer, además de pedir perdón, para reparar ese vínculo.

Porque los vínculos se construyen.

Y también se pueden romper un poquito.

Y cuando eso pasa, podemos hacer algo para volver a construirlos.

No le dije qué tenía que hacer.

Quería que lo pensara él.

Le expliqué a su mamá que mi manera de acompañar estas situaciones no es poner una penitencia y dar el tema por terminado.

Van a ser compañeros de generación durante muchos años.

Se van a encontrar una y otra vez.

Van a crecer juntos.

Y me parece mucho más importante que aprendan que cuando nos equivocamos con alguien, podemos hacernos cargo, pedir perdón y tratar de reparar lo que hicimos.

Hoy, cuando nos sentamos a almorzar, me contó que la había llamado por teléfono y le había pedido disculpas.

Pero eso no fue todo.

Había llegado al colegio con unas galletitas caseras que había hecho con ayuda de su mamá.

Traían un cartelito que decía:

“Perdón.”

Y en el cartel se había dibujado a él y a ella, agarrados de la mano.

Me emocionó muchísimo.

No solamente porque había pedido perdón, sino porque había pensado qué podía hacer para reparar lo que había pasado.

Y lo había hecho.

En nuestra ronda de agradecimiento, que hacemos todos los días, le pregunté si podía agradecer delante de los demás la actitud que había tenido y lo que había hecho.

Me dijo que sí.

Y entonces agradecí por él.

Porque en esa ronda, además de agradecer, ellos aprenden a detenerse y pensar qué cosas, personas o momentos quieren agradecer.

Y ese día yo tenía muy claro qué quería agradecer.

Quería agradecer que ese niño no se hubiera quedado solamente con las palabras.

Que hubiera entendido que pedir perdón era un primer paso.

Y que hubiera buscado una manera de reparar y de volver a construir ese vínculo.

Y quizás también sea parte de enseñar esto:

Que todos nos podemos equivocar.

Que pedir perdón importa.

Pero que a veces, después de pedir perdón, todavía queda algo por hacer.

Que aprender a reparar también es aprender a cuidar los vínculos.

Y hoy, cuando vi ese dibujo de los dos agarrados de la mano, pensé que quizás él había entendido algo que nos lleva mucho tiempo aprender:

que cuando un vínculo nos importa, vale la pena hacer algo para volver a acercarnos.

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