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El día que entendí que primero tenía que estar bien yo: una reflexión sobre bienestar docente.

Durante muchos años asistí a talleres de yoga en educación.

Salía inspirada, volvía a la clase llena de entusiasmo y durante algunos días aplicaba respiraciones, movimientos o relajaciones con mis alumnos.

Pero, poco a poco, la rutina volvía a ganar espacio.

Aquellas prácticas, que me habían parecido tan valiosas, iban desapareciendo.

En ese momento pensé que el problema era la falta de tiempo.

Hoy sé que no era eso.

El verdadero cambio empezó cuando el yoga dejó de ser algo que hacía con mis alumnos y pasó a ser algo que necesitaba para mí.

Por circunstancias personales, durante un período muy largo dormí muy poco. Mi hija tuvo problemas de salud y, como tantas madres y tantos docentes, seguía adelante aunque estuviera agotada.

Fue entonces cuando empecé a practicar yoga de manera constante.

Descubrí que una relajación de cinco o diez minutos podía devolverme la energía suficiente para continuar el día.

Descubrí que algunas respiraciones me calmaban profundamente, mientras que otras me ayudaban a recuperar claridad y vitalidad cuando sentía que ya no podía más.

Pero el descubrimiento más importante fue otro.

Entendí que no podía ofrecer a mis alumnos una experiencia que yo misma no había vivido.

No alcanzaba con aprender una técnica en un taller.

Necesitaba experimentarla en mi propia vida.

Con el tiempo empecé a notar algo que cambió mi forma de enseñar.

Cuando yo llegaba a la clase más presente, más equilibrada y emocionalmente disponible, también cambiaba el clima de la clase.

Los problemas seguían existiendo.

Los desafíos también.

Pero yo podía sostenerlos de otra manera.

Comprendí que muchas veces los niños y los adolescentes no necesitaban que yo reaccionara inmediatamente a lo que les pasaba.

Necesitaban un adulto capaz de mantenerse presente, de no tomar cada conducta como algo personal y de ofrecer un espacio seguro donde pudieran regularse.

Y entonces ocurrió algo inesperado.

Las prácticas dejaron de ser "mis actividades".

Se volvieron parte de la vida del grupo.

Recuerdo algo que pasó un día, hace muchos años, que todavía me emociona.

En mi clase de nivel inicial, antes de almorzar, siempre dedicamos unos minutos a preparar el cuerpo para comer.

Respiramos, adoptamos una postura correcta, despertamos las papilas gustativas y agradecemos ese momento.

Un día tuve una reunión con una familia y otra persona quedó a cargo del almuerzo.

Cuando volví a la clase, saludé a los niños y les pregunté cómo había estado todo.

Uno de ellos me contestó:

—Mal.

Le pregunté qué había pasado.

Y me dijo:

—Porque nadie nos preparó el cuerpo para comer.

Nunca les había explicado por qué hacíamos ese pequeño ritual.

Sin embargo, ellos ya lo sentían como algo propio.

Años después viví una experiencia parecida con adolescentes.

Todas las mañanas empezábamos la clase con unos minutos de estiramientos y respiración.

Al principio protestaban.

Decían que era una pérdida de tiempo.

Pero seguimos haciéndolo.

No una vez.

No un taller aislado.

Todas las semanas.

Un día entré a la clase y, antes de que dijera una sola palabra, todos estaban de pie esperándome en la postura con la que siempre comenzábamos.

Uno levantó la mano y dijo:

—Profe, hoy yo tengo el saludo que podemos hacer.

Ese día confirmé algo que desde entonces guía mi trabajo.

Los grandes cambios en la escuela no siempre nacen de actividades extraordinarias.

Muchas veces nacen de pequeños rituales que se sostienen en el tiempo.

Por eso, cuando hoy trabajo con docentes, mi punto de partida no son los alumnos.

Es el propio docente.

Porque estoy convencida de que aquello que un educador experimenta profundamente puede luego transmitirlo con autenticidad.

Y creo que cuando un docente encuentra su propio equilibrio, la clase también empieza, poco a poco, a encontrar el suyo.

¿A vos también te pasó que una práctica pequeña, sostenida en el tiempo, terminó transformando mucho más que una gran actividad aislada?

María Muttoni

Yoga - Mindfulness - Bienestar docente

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