


Cuando ellos también nos enseñan
Una reflexión sobre confiar en los niños y dejarles espacio para cuidar a otros.
El viernes me dijeron que mañana iba a empezar un niño nuevo en mi grupo.
Y, para ser sincera, mi primera reacción fue de un poco de pereza.
Mi grupo está tan lindo este año. Hay un clima hermoso entre ellos. Se quieren, se cuidan, se ayudan, se conocen.
Y pensé en todo lo que implica que llegue alguien nuevo:
Empezar otra vez.
Explicar rutinas.
Acompañar.
Ayudarlo a encontrar su lugar.
Y, en algún momento, pensé: qué lástima alterar un poquito todo esto que funciona tan bien.
Pero hoy pasó algo que me cambió completamente esa sensación.
Les conté que mañana iba a llegar un niño nuevo y les dije que, entre todos los grupos de Nivel 5, habían sido elegidos porque eran muy buenos amigos y muy amables.
Después les pregunté cómo se habían sentido ellos cuando llegaron al colegio.
Y ahí aparecieron respuestas que me hicieron detenerme.
Uno dijo que se había sentido tímido.
Otro preguntó qué quería decir “tímido” y alguien explicó que era cuando había mucha gente hablándote al mismo tiempo, te ponías nervioso y no querías hablar.
Otro recordó que había llorado porque extrañaba a sus padres.
Otra niña dijo que había sentido cosquillas en la panza, como si la tuviera apretada.
Y entonces pensé que quizás no necesitaban que yo les explicara cómo recibir a alguien nuevo.
Ellos ya sabían.
Sabían cómo se siente llegar a un lugar donde no conocés a nadie.
Entonces les dije algo muy sencillo:
Del cuaderno, del portfolio y del booklet nos ocupamos las maestras.
Pero de ser amigos, los responsables son ustedes.
Y ahí pasó algo que me emocionó muchísimo.
Empezaron a aparecer ideas.
Uno dijo que le iba a ayudar a pedirme las cosas en inglés.
Otro que le iba a mostrar dónde estaba el baño.
Otro que iba a jugar con él en el recreo.
Y otro que le iba a explicar dónde iban las cosas.
Y alguien dijo:
—En nuestra mesa hay lugar para que se siente.
No tuve que repartir tareas.
No tuve que decirles qué hacer.
Ellos empezaron a pensar solos qué podía necesitar alguien que llegaba por primera vez.
Y mientras los escuchaba, me pasó algo inesperado.
Me dieron ganas a mí.
Ganas de recibirlo.
Ganas de conocerlo.
Ganas de ver cómo se va a integrar.
Ellos me contagiaron su entusiasmo.
Y entonces pensé en algo que me pasa muchas veces como docente.
A veces creemos que somos nosotros los que tenemos que sostener todo:
El clima del grupo.
Los vínculos.
Las situaciones nuevas.
Los conflictos.
Las emociones.
Y quizás una parte de nuestro trabajo también sea confiar y dejar espacio para que ellos sostengan algunas cosas con nosotros.
No todo tiene que pasar por el adulto.
Hay cosas que pueden empezar a cuidar ellos.
Y cuando les damos una responsabilidad real, cuando les hacemos saber que confiamos en ellos, muchas veces nos sorprenden.
Hoy mis alumnos me recordaron algo que yo ya sabía, pero que necesitaba volver a sentir:
Ellos pueden mucho más de lo que a veces creemos.
Y quizás esa sea también parte de enseñar.
No solamente mostrarles cómo cuidar a otros, sino confiar en que pueden hacerlo y dejarnos sorprender por todo lo que aparece cuando les damos ese lugar.
Mañana llega un niño nuevo.
Y ahora estoy tranquila.
Porque sé que no va a llegar solamente a una clase.
Va a llegar a un grupo que ya está esperando hacerlo sentir bienvenido.
Y ahora tengo la sensación de que todo va a estar bien.